Hace ya tiempo que la humanidad está caracterizada por su potente acción transformadora del territorio. Un buen ejemplo de ello es el creciente número de vías de comunicación que, a demanda de una población también en aumento, han alterado profundamente y de muy diversas formas muchos de los ecosistemas a su paso. Entre los efectos negativos que tienen las carreteras para la fauna silvestre se encuentra la modificación del comportamiento y del uso del espacio provocado en las especies, aunque su mortalidad directa, debido a colisiones con automóviles, es sin lugar a dudas el más grave. En este sentido, las cifras de animales atropellados a escala global son realmente abrumadoras y pueden ser bien ilustradas solo con los casos de Estados Unidos y Europa, donde cada año mueren varios cientos de millones de individuos.

      Los ambientes insulares oceánicos suelen albergar comunidades biológicas únicas y muy simples, por lo que cualquier perturbación antrópica puede acarrear consecuencias devastadoras para las especies que las componen. Además, las secuelas por la alteración puede que sean aún más notables en este tipo de islas, dado que esa biota nativa está muchas veces tejida por una frágil red de interacciones cruciales para su supervivencia. Este es el caso del archipiélago canario, que no solo destaca por atesorar numerosos taxones endémicos, sino también por el alto nivel de amenaza que sufren los mismos debido a las actividades humanas, entre las que figura el cada vez más profuso tráfico rodado. A pesar de ello, hasta ahora han sido muy pocos los estudios en Canarias –ninguno en la isla de Tenerife– que hayan abordado los atropellos de fauna por vehículos, un aspecto que atañe tan de lleno a su conservación.

 

 

Foto 1. El búho chico (Asio otus) podría ser una de las rapaces más afectadas por esta nueva vía, sobre todo teniendo en cuenta su relativa abundancia, versatilidad en cuanto al hábitat y asiduidad a ciertos cazaderos.

 

      A fin de contrarrestar la poca información a nivel regional, en la actualidad se están analizando los datos derivados de un trabajo de campo realizado en un tramo viario de reciente construcción en el norte de Tenerife. Durante los dos años posteriores a la inauguración de dicho tramo y con periodicidad semanal, se llevaron a cabo muestreos desde un vehículo para identificar y contabilizar los animales muertos en la vía o en sus alrededores. Con ello se pretende conocer qué especies son las más afectadas (foto 1), cuáles son los factores que influyen en los puntos negros, y si existen diferencias estacionales o anuales en las tasas de mortalidad (de forma generalizada o específica) teniendo en cuenta la fecha de apertura al tráfico de dicha infraestructura. Se pueden esperar dos situaciones, por un lado, que las tasas para cada especie sean constantes en el tiempo o que, por el contrario, varíen, aumentando o disminuyendo de acuerdo con su comportamiento. Un aumento de la mortalidad podría estar relacionado con una recolonización de las zonas aledañas a la vía después de que finalizara su construcción, lo que supondría una mayor probabilidad de colisión. En cambio, si las densidades de individuos en la zona disminuyen, precisamente por los episodios de muerte ocurridos con antelación, o porque estos aprenden a evitar la carretera, se producirían menos atropellos.      

      

 

 

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