La distribución pretérita del alimoche común (Neophron percnopterus) en el archipiélago canario abarcaba casi todas las islas. Hoy día, después de haberse extinguido de las centro-occidentales durante la segunda mitad del siglo pasado, este pequeño buitre conocido aquí como “guirre” está restringido a Fuerteventura, Lanzarote y algunas de sus isletas. Por fortuna, desde hace más de una década, aquella escasa población que quedó relegada a ese sector oriental ha sido objeto de un intenso monitoreo (EBD-CSIC) con vistas a su recuperación y conservación. Como resultado de todos esos estudios y actuaciones, el conocimiento actual del estatus, biología y ecología del guirre nada tiene que ver con aquél de principios de siglo. Sabemos ahora, por ejemplo, que estamos ante una subespecie (N. p. majorensis) exclusiva de Canarias, y que en Fuerteventura el número de parejas pasó de 23 en el año 2000 a alrededor de 60 en nuestros días.

   Los últimos guirres de Tenerife, que estaban acantonados en el macizo de Teno, desaparecieron por completo a mediados de la década de 1980. Aunque a finales de los años 70 la población de Teno (al menos una pareja de adultos y varios individuos más, entre subadultos y jóvenes) ya parecía inviable, no fue hasta después de septiembre de 1985 cuando se dejaron de ver guirres en este enclave. Fue una extinción a nivel insular que, con seguridad, comenzó a gestarse desde mucho más atrás en el tiempo, desde mediados de ese siglo, y en la que el veneno pudo haber jugado el papel más decisivo de entre todos los factores que intervinieron. A partir de entonces solo contamos con las descripciones escritas de aquellas observaciones, con la cada vez más exigua transmisión oral de lugareños, y con las machas de excrementos en las paredes rocosas como testimonios duraderos de su presencia en el pasado. 

 

 

 

Cuadro 1. Muchas de las antiguas guirreras (repisas-nido y repisas-dormidero) están situadas en las grandes paredes verticales de los barrancos del macizo de Teno. Su detección e inspección conlleva una detenida observación a través de prismáticos y telescopios, así como el uso de técnicas de escalada, respectivamente.

 

   Pensar ahora mismo en la reintroducción del guirre en Teno, y por ende en Tenerife, es a todas luces un desatino, pues para ello no solo habría que cerciorarse de que los factores que conllevaron su extinción no siguen actuando, sino también de si han surgido nuevas amenazas. Una muestra evidente de que todo sigue más o menos igual en este ámbito insular, aunque con el agravante del crecimiento de la población humana, es la precaria situación vigente de un ave con parecidos requerimientos, el cuervo (Corvus corax). A pesar de todo ello, es fundamental que los correspondientes sectores de la ciudadanía sean conscientes de la pérdida irreversible de una especie relevante. Necesitarían, además, entender el porqué de su merecido lugar dentro de la memoria escrita del patrimonio natural, o estar al tanto de los graves riesgos a los que se enfrentaría hoy un ave como ésta en la isla; esto último pensando en la posibilidad de un futuro proyecto de suelta de individuos. En este sentido, algunos de los estudios que han venido realizándose en el macizo de Teno desde hace ya un buen número de años están dirigidos a desentrañar diversos aspectos que atañen a los guirres de entonces. Entre los objetivos intrínsecos de estas investigaciones, que se logran mediante la información dada por lugareños, está el saber cuál era la importancia de aquella relación mutualista entre guirres y gentes, y rescatar toda la toponimia que tenga que ver con la especie. Aparte de esas labores más “etnográficas”, también se están llevando a cabo inspecciones y tipificaciones lo más exhaustivas posible de las guirreras (cuadro 1) presentes a lo largo y ancho del macizo. La evaluación de las variables de sus ubicaciones, entre otras, la orientación, la altura y las distancias con respecto a ciertos sitios, podría ofrecer una visión bastante acertada de cuáles eran las preferencias de esa antigua población de guirres.

   Como no podía ser de otra manera, estamos en deuda con un sinfín de maestros y maestras de la tierra, las gentes del macizo de Teno, por la encomiable buena predisposición a la hora de transmitir parte de su sabiduría. 

 

 

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